LA INDEFENDIBLE BARRIGA DE ENERO
¡Ahhhh, Qué Panza!
Hola; soy la odiada barriga, nombre genérico para hablar de una cantidad de tripas, vísceras o asaduras envueltas en una bolsa de cuero muy estirable; y nací en la parte de adelante de un señor, el cual desde siempre me ha mirado feo; pues, aunque desde chiquitico la mamá le decía “tan bello este barrigoncito”, no solo me llena de inmundicias sino también de chismes echándome la culpa de todos sus achaques y frustraciones por sus descuidos en la salud, aunque hay unas, como mis vecinas, que son por culpa de la herencia o de las glándulas que lanzan hormonas incontrolables.
Como les decía, me le fui apareciendo poco a poco a Chepe, hasta que un día se dio cuenta de que para amarrarse los zapatos la cintura no lo dejaba; que no alcanzaba a ver qué calcetines tenía puestos y los botones de la camisa volaban contra la pared; por eso, desde ahí comenzó mi martirio, sin ver el muy malagradecido que, a la voz de la verdad, le conservo la línea, aunque sea curva.
Y fue así como inició dizque una dieta; para rebajarme me puso a pasar hambre como a ratón de ferretería; me ahorcó con correas y cinturones, me encerró en fajas hasta de yeso dentro de las cuales sudé la gota gorda y a cambio le produje una rasquiñita que, como dulce venganza, no podía rascar sino con un palito. El pobre creía que me había vencido, pero yo me le escondía para luego aparecer con más volumen, lo cual hacía brotarle lágrimas de desánimo y desconsuelo.
Como estoy en el ser humano y por lo tanto, heredé muchos de sus defectos, les cuento que siento como una envidiecita de la barriga de las embarazadas a las que sí tratan con cremitas anti estrías, las soban con cariño y hasta las besan; en cambio a mí sí me tratan es pero muy mal.
Hace días, al menos comían sopas, arrocito, avena, coles y guasquilas; pero en cambio ahora, con la velocidad de las comidas rápidas a mí me llegan chorizos, panes, gaseosas, salchichón, harinas y salsas que me ponen de muy mal humor y le digo a mi hijo mayor, el colon, que se ponga bien irritable y se manifieste para que dejen esa jartadera.
No obstante y pese a las burlas de que soy objeto, me siento más bien como orgullosita, porque mi nombre está en la historia de la humanidad, pues Cervantes me puso en Sancho Panza: un escudero medio loco pero más fiel que los fósforos de palo (que sólo rastrillan en la misma caja); a nivel del continente americano, tengo un tocayo al que conoce todo el mundo y es el famoso Señor Barrigas, de la serie El Chavo del Ocho y además estoy en Diego Rivera el voluminoso muralista y marido de Frida Kahlo. En el Oriente -Antioqueño, más concretamente en Granada, también me conocieron en el futbolista que jugaba descalzo en cancha llena de cascajo y arena, y al que conocían simple y llanamente, como Barrigas. Una mole en la cancha.
Una vez sí vi muy triste a mi propietario, porque a pesar de que había comprado unas cargaderas o tirantas de caucho, (porque la chapa de la correa se le resbalaba rumbo a la ingle), cuando pasaba por la calle escuchó decir a unos muchachos que charlaban en la esquina:
-Ahí viene buches, que dice que está botando barriga… pero será por encima de la correa; porque es más fácil saltarlo por encima que darle la vuelta-.
Y eso es apenas una muestra de las ofensas que tengo que aguantarme, porque también me da mucha soberbia cuando, por ejemplo, a mi amigo lo llaman Pipelón, que porque es “el amigo del niño flaco y barrigón” o cuando con malicia le dicen a alguna mujer embarazada que “barriga llena… píldora equivocada” y otras bobadas más.
Pero lo que sí me ofende pero verracamente, es cuando a un niño muy dañino le dicen estómago, dizque porque todo lo que coge lo vuelve popó, cuando en realidad deberían era de apreciarme en mi justo valor, porque todo lo que nutre a los animales, incluido el hombre, pasa por mí; y aunque muy dentro tengo amibas, lombrices, ascárides y solitarias, debo dejar gran parte de la comida para que alimente al humano que me tiene y no se muera de hambre o desnutrición, y en realidad es poco lo que dejo en las letrinas y sanitarios comparado con los viajaos que come sin control en todas las de ventas de fritangas a las que graciosamente llama palacio del colesterol.
Pero lo lamentable es que a mí me tienen bronca o rabia más por el aspecto de buñuelo santuariano que le doy a mi propietario, que por los peligros que pueden pasarle si abusa mucho de mí. Por ejemplo, les cuento que soy un aviso, para que visite a un cardiólogo, porque al fin de cuentas el corazón también está en mí; pero eso como que no le importa y me sigue llenando de alcohol, bebidas irritantes y alimentos picantes que hacen que por la noche no pueda dormir, -ni la pobre señora tampoco-, porque por alguna parte debo deshacerme de lo que me sobra, aunque sea en aerosol.
Mejor dicho, me ha hecho más daños que los que hace un mico en una cristalería, por lo cual, ahora estoy aquí, con él en el baño, dando del cuerpo porque lo último que se le ocurrió fue purgarse o vaciarme como a un pozo séptico y voy a quedar como un acordeón de vallenato, pero sin cantante, porque ¿quién canta pujando?
Navegando por Granada
Acumular durante años en su memoria historias, consejas, anécdotas, dichos y apodos para luego contarlas en un lenguaje sencillo, amable y humorístico fue una tarea que se impuso José Carlos Tamayo Giraldo hace más de 25 años para acrecentar el amor de sus paisanos hacia su pueblo, Granada.